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    Salt, 4 de marzo del 2018
    “Ver para crecer”

    Mi querida Habanera, 

    qué especial me resulta esta carta. Estos días pasados nos hemos visto, nos hemos abrazado, nos hemos podido mirar a los ojos y ver mucho más allá de cada retina. Hemos paseado juntas por tu Habana del alma, saludado a tus personas queridas y comido los mejores frijoles dormidos que recuerdo, sin duda por estar hechos con ese inconmensurable amor y entusiasmo que le pones a todo. He visto tu reparto, tus vecinos, tu costa y tu poceta(1). Esa tribuna de roca y mar en donde os reunís para compartir el tiempo y arreglar el mundo, como socarronamente me dices. Llegar hasta ella no es fácil, hay un buen trecho de terreno rocoso, picudo y afilado; pero la recompensa de atravesarlo es ese hueco acuático en la roca, que te invita a acomodarte en él como si te abrazase,  con el solo propósito de llenarte de luz y mar; esos elementos que nos hacen soltar amarras mentales y quedarnos en el más puro estado basal, interior y sincero. Y así sin darnos cuenta, entre risas, espuma y sal, nos tuteamos.

    He vivido tu realidad por unos días. La Habana acogía el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y nuestra modesta aportación con Leo a la vida(2). Son 39 ediciones ya de este festival en una ciudad que recoge las miradas a través de una cámara de los más diversos pensamientos y creaciones. Lejos de alfombras rojas y glamours, vi colas de gente siempre en todos los cines para todos los pases. Me contaban que muchos espectadores se habían reservado unos días de sus vacaciones para esta semana. Porque eran muchos y enormes cines, varias sesiones diarias, y siempre había muchísimas personas de todas las edades dispuestas a ver cada proyección, no importaba género ni procedencia, era cine. Y en el cine, como en todo, hay que conocer cuanto más mejor para poder fabricar y escoger gustos, ampliar miradas y desarrollar la crítica. El precioso eslogan del festival “Ver para crecer” creo que resume este espíritu.
    Todo ello no es posible sin una educación en y para la cultura popular, como ustedes hace ya tiempo que aplican. Pero también se necesitan políticas posibilitadoras para practicarlo, entre ellas, las económicas. La cultura, si sólo queda en teoría y no se puede vivir y disfrutar, tiene un vuelo corto. Allí me explicaban que cualquier ciudadano cubano podía adquirir unos pases muy asequibles y perfectamente asumibles para sus economías para asistir a un buen número de proyecciones; por lo tanto, a poder vivir y disfrutar el cine y seguir dándole a la cultura un vuelo largo y ocupando un buen lugar en sus vidas. 
    Tengo que confesarte que envidiaba la situación. Sin querer, comparaba con nuestro país y me imaginaba un evento similar. Aquí, donde una entrada de cine de domingo equivale a poder comprar 3 litros de leche, 2 kg de arroz, 3 barras de pan, 1 kg de pollo y 1 kg de lentejas. En caso de querer ir al teatro, una entrada te puede alcanzar además para 2 docenas de huevos, 1 kg de sardinas y 8 yogures. Si se te ocurre ir en familia, o tan sólo llevar a algún hijo, multiplica kilos de pan, leche, pollo y sardinas por tantas entradas como quieras. Es fácil adivinar el desajuste que provoca en un presupuesto doméstico normal, ya no te cuento en los más apurados. Te he hablado en otras ocasiones sobre la precariedad económica en la que viven muchas familias de este país, con un 30% de niños en riesgo de pobreza, y en donde muchas casas pasan frío por no poder afrontar el gasto energético. Pues en este escenario, ya me contarás tú en qué lugar del ranking de prioridades queda el cine, o el teatro o el concierto musical. Hay muchos chavales que no han ido nunca (y lo que es peor, ni irán de seguir las mismas políticas), y no hay que ser muy lumbreras(3) para predecir cómo se va formando la pasión por la cultura en las generaciones futuras.

    Todo esto pasa, entre otras cosas, porque hace un tiempo el gobierno gravó con unos impuestos altísimos el mundo del espectáculo. A pesar de las protestas del sector, se escudan en que si bajan los impuestos baja la recaudación y las arcas públicas se resienten. Malas lenguas apuntan que si el 80% de las proyecciones pertenecen a la industria norteamericana, es ésa la recaudación que no puede verse mermada. A veces, y mal que nos pese, las malas lenguas además de venenosas pueden ser ciertas. 
    No sufrieron el mismo gravamen las corridas de toros. Supongo que no has visto ninguna; a mí que me tocó ver muchas en mi infancia, intentaré explicártelo. Es una plaza redonda y de arena rodeada de gradas; como los circos romanos de luchas entre hombres y fieras. En medio hay un hombre (el torero) vestido con ajustadísimas mallas de oro, plata y colorines que dejan siempre patente sus atributos viriles; una chaquetilla tiesa y corta con más oro o plata; camisa y corbata; un gorrito negro con una forma curiosa y de utilidad inexplicable (tiene el hueco para meter la cabeza en el centro y un moño postizo a cada lado); unas medias blancas y zapatillas como de ballet. Complemento obligatorio es una coletita de pelo postiza pegada al cogote. Pues así de esta guisa se planta a esperar con un trapo grande y rojo a un toro criado para embestir, en un juego de a ver quién pilla a quién. Como por fuerza y volumen el juego se presenta desigual, los ayudantes del torero, a pie y a caballo,  se turnan para ir clavando pinchos al toro,  hasta dejarlo como un acerico(4) de modista. Y así siguen, mareando al bicho con carreras y florituras hasta que el torero lo liquida con una espada que se clava por las cervicales. Si es hábil bastará con una estocada, pero en muchos casos habrá que repetir hasta que lo maten o se muera. Mientras tanto, la afición desde las gradas va jaleando la faena y la banda de música marcando qué tipo de pincho toca. Finalmente, en función de cuán lucido hayan sido los revoloteos del torero; cómo de precisas las puyas y agujeros varios; y cómo de mortífero el estoque, la afición y el jurado deciden el premio: las orejas y el rabo del infausto animal, que le cortan allí mismo y entregan al torero para que los pasee triunfal mientras unas mulas retiran a la bestia muerta y mutilada. Bucólico y poético ¿verdad? Te comento de paso que en Catalunya están prohibidas. 

    Pues amiga mía, a este circo que le cuento se le clasificó como cultura mientras que el cine, teatro y música se quedaron en espectáculo de ocio. Los impuestos gravaron más al ocio que a la cultura, por lo que se incentiva más el placer de ver lacerar y matar a un animal que disfrutar viendo un Shakespeare o un buen Fellini. Por cierto, hace poco se le concedió el Premio Taurino ABC a la hermana mayor del rey (que no reina por ser mujer, una afrenta más de esta monarquía) por su defensa de la tauromaquia. La infanta, emocionada, afirmó que “torero,  aficionados y toro se reúnen en la plaza y se produce una obra de arte viva”.  Como puedes suponer, discrepo con esta señora hasta en las comas de la frase, pero ya ves, son pequeños indicios de cómo entiende la vida la clase dirigente de este país.
    Un país que ya te contaba en qué mal estado democrático lo dejé cuando fui a verte. Volví empapada de cine, de mar, de frijoles y de amor, y me encontré la pésima situación corregida y aumentada. Recién llegada hubo elecciones autonómicas, impuestas por el gobierno central, en las que votamos más del 80% del pueblo catalán con derecho a voto, un éxito absoluto de participación.  El gobierno central hace meses que nos aplica un artículo constitucional de castigo (el 155 concretamente, que por lo visto hasta ahora nadie sabía para qué servia ni cómo se ejecutaba),  con el que interviene, cambia o desautoriza cualquier decisión que hasta ahora nos era propia. Gracias a esta dinámica tan reaccionaria e intransigente Catalunya aún no ha podido formar nuevo gobierno, básicamente porque los resultados de las urnas no son del agrado de quienes ordenaron la votación. Resulta que los primeros elegidos y  que ahora habrían de ser el nuevo gobierno catalán, están o presos o exiliados.  El gobierno central, lejos de reconocer que quizá fue un error, y que estas personas representan el sentir de millones de ciudadanos, ahora exigen la cuadratura del círculo y buscar soluciones inauditas a una situación tan kafkiana como la que han provocado. No aflojan en su desatino, y se apoyan en la alta judicatura (con gran número de sus miembros afines a la misma ideología conservadora) para solucionar en los tribunales lo que debería hacerse en el parlamento. Vaya, que ahora mismo gobiernan los jueces.
    La censura que sufrimos durante tantos años, y que  pensábamos había quedado guardada en el baúl del desván para siempre, ha salido a  relucir con sus mejores galas. Rancia y llena de polvo, como todo aquello que no se ha movido del cuarto oscuro en siglos, pero con fuerza renovada y el mismo objetivo: silenciar a quienes no estén de acuerdo y al precio que sea. Amiga Habanera, tengo la sensación de haberme perdido alguna fracción del túnel del tiempo y haber vuelto al pasado de golpe, a ese pasado que no pensaba ni quería regresar. Ese tiempo tórpido y ponzoñoso en que cualquier acción, pensamiento o palabra que tuviese perfume a libertad y progreso quedaba aplastado bajo el zapato negro y represor de la dictadura más retrógrada. Palabras como diálogo, diversidad, argumentación o derechos humanos están cada vez más desdibujadas en este lienzo de vida, que cada día quieren teñir más de oscuro. Así por ejemplo veo estos días declarando ante el juez, casos tan tristes como maestros por haber comentado con los chavales la barbaridad del 1 de octubre (parece ser que si no se habla de una cosa, no ha sucedido); un hombre que se enfrentó a la policía armado con una nariz de payaso; un mecánico que se negó a reparar el coche de un policía que había zurrado a sus vecinos; raperos condenados por componer temas donde cantas vergonzosas verdades de altos dirigentes,… en fin, como puedes ver, no se les puede englobar precisamente en las categorías de asesinos, violadores o psicópatas, pero ahí están, acusados.
    Fíjate hasta dónde llega la caza de brujas que llegamos a tener problemas incluso con el color amarillo. El pobrecillo, siempre tan tímido él en la gama cromática y ahora está en el candelero. Te cuento. Cuando encerraron a los presos políticos nació como símbolo de protesta y demanda de su libertad un lazo amarillo. Se llegó a prohibir en según qué personas, ocasiones y lugares, pero como la cárcel sólo puede retener personas y no ideas, estos lazos se multiplicaron en todos los tamaños y materiales imaginables, inundando solapas, bolsos, uniformes, árboles, farolas y balcones. La gente incorporó el amarillo a sus complementos invernales (guantes, bufandas, gorros, paraguas….), salpicando de un inusitado color el apagado gris del frío, pero que en realidad recuerdan cada día que estas personas siguen en prisión, y manifiestan la injusticia que supone.

    Dentro de la justicia, diferente suerte corren algunos quienes defraudaron instituciones públicas y se enriquecieron gracias a su poder. Entre ellos gran parte de la cúpula del partido en el gobierno; el cuñado del actual rey (y cuñado también de la galardonada defensora de los toros), que trapicheó con millones de euros de operaciones turbias, evasión fiscal y ganancias personales sobre dinero público,… Pues se ve que todo esto en la lista de delitos va por debajo de las canciones de “injurias a la corona” y de la intención de gobernar un pueblo que votó optar por empezar de nuevo pacíficamente en otro país diferente, lejos de estas dictaduras retrógradas disfrazadas de modernidad. Como ves, todo son síntomas de una democracia enferma, muy enferma. Una democracia que sufre hemorragias grandes y constantes por donde se le va la vida, y en vez de aceptar transfusiones se limitan a poner una tirita y rezar un padrenuestro.
    No Habanera, no quiero que mi país siga siendo así. Quiero poder vestirme de cualquier color sin tener que reivindicar la libertad ideológica con él; quiero poder oír todas las canciones del mundo digan lo que digan (después ya decidiré yo si son de mi agrado o no); quiero que nadie, y menos los poderosos, se apropien del dinero que nos corresponde a todos, y que probablemente ayudaría a que muchos no pasaran frío, hambre y exclusión del sistema; quiero ver cómo la lengua materna de este pueblo es protegida y potenciada, y cómo en la escuela es un vínculo cohesionador; quiero ver exposiciones de arte íntegras, sin que nadie retire las obras incómodas que les ponen en evidencia.
    Sólo si podemos ver lo diferente seremos capaces de reafirmar y enriquecer lo propio. Me remito a esa maravillosa  frase que el Festival de cine tuvo por eslogan: “Ver para crecer”.
    Hoy te envío un tremendo abrazo amarillo.
    Vicentita


    1.- En Cuba, depresión natural de la costa que se llena de agua por efecto de la marea (RAE) 2.- https://www.leoalavida.com/ 3.- Persona que brilla por su inteligencia y conocimientos excepcionales (RAE) 4.- Almohadilla pequeña que sirve para clavar en ella alfileres o agujas (RAE)

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