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    Salt, 23 de junio del 2018
    “Cuando los colores eran de verdad”

    Querida Habanera,

    Cómo pasa el tiempo sin darnos apenas cuenta. Las horas, los días, las semanas me van atropellando sin dejarme ni tan solo un resquicio para quejarme de ello. Como decía mi madre: se me echan los vagones encima de la máquina, y veo como lo urgente va desplazando a lo importante, que ya para mí es poder contarnos cosas. Y estaba echándolo de menos.

    Mi amiga, aquí hoy es un día especial. Mañana es San Juan, y hoy la gente se prepara para la noche más corta y el día más largo del año. Se harán hogueras adonde irá a parar todo aquello de madera de lo que nos queremos desprender. Será señor el fuego purificador que ahuyenta las malas energías y nos prepara para recibir el verano en todo su esplendor. Petardos, cohetes y toda clase de fuegos artificiales engalanan el cielo, las calles y cualquier rincón. Los niños son especialistas en sorprenderte a traición con sus detonaciones, quedando proporcionados sus risas con tu susto. Las plazas y barrios se llenan de música y de gente de verbena. Las playas rebosan de grupos que siguen de fiesta hasta que el sol se una a la misma, y así empezar el verano juntos. 

    A pesar de que la iglesia católica le adjudicara el nombre del santo del día, la tradición que te cuento es bien pagana, y así se sigue celebrando, como un brindis al buen tiempo dejando atrás el frío invernal.
    Preparando la fiesta de esta noche, acabo de llegar del supermercado. Y hay que ver cómo una acción tan simple puede ser un ejercicio de observación y análisis tan intenso. Tienen la habilidad de colocar todos los productos básicos alejados lo más posible entre sí, debiendo pasearte a lo largo y ancho de todo el local aunque sólo necesites leche, pan, huevos y fruta. Si además ese día decidiste lavar la ropa, comer galletas o tomarte un yogur , estás perdida, pues con cada producto que buscas, encuentras otro mundo en forma de pasillo y estantes repletos :
    – los detergentes: con perfume a rosas, a océano, a lavanda, a colonia de bebé; con texturas, para ropa blanca, negra, roja, de colorines, delicada, resistente (cuando vas a poner la lavadora te quedas mirando cada prenda fijamente preguntándole: ¿y tú de cual eres? ¿eres de las resistentes o de las flojas?¿con esos cuadritos de color lila, qué jabón te toca?); en formato grande, mediano, pequeño, de viaje; en líquido, en polvo, en pastilla, en escamas, con aplicador, sin él; con oxígeno activo (menos mal que no está el modelo oxígeno pasivo, o ya te desmontas directamente pensando si la ropa respirará o no) y más…
    – las galletas: redondas, cuadradas, ovaladas, de corazón, de figuras de muñecos; con azúcar, sin azúcar, con fibra añadida, con gluten, sin gluten, de mantequilla, con chocolate negro, con chocolate blanco, con chocolate con leche, con doble chocolate, con fresa, con ciruelas, con naranja, de canela, blandas, duras, para mojarlas, para el té, en envase familiar, individuales,…
    – los yogures : con bífidus, sin bífidus, con lactosa, sin lactosa, de soja, de avena, de oveja, de cabra, de vaca (la gama de mamíferos lácteos se va ampliando y cualquier día me los encuentro de elefanta, que seguro que dan más leche y son más exóticas), enteros, desnatados, líquidos, cremosos, griegos, enriquecidos, naturales, de piña, de fresa, de cereales, de chocolate, de vainilla,….y así hasta todo el universo vegetal que uno se imagine dentro de cada bote.
    Total, que al final los ojos se te vuelven un escáner para pasar deprisa por encima de todos y fijarte en alguno que te pueda interesar. Igual lo han pensado para estimularnos la memoria visual y yo me ando quejando.

    Navegando entre latas, bolsas, cajas y botellas llego hasta la sección de fruta y verdura. Estéticamente es una preciosidad, la  alineación y la gran variedad de formas y colores configura una fotografía digna de presidir cualquier estancia. Cada caja contiene una obra de arte: los tomates todos igualitos de grandes, de redondos, de coloreados. Las judías parecen cortadas por un sastre, todas con el mismo verde, la misma longitud y anchura, encajaditas y alineadas en perfecta formación; los calabacines, berenjenas y pimientos relucientes, igual de calibre, de forma y color. Todos parecen preparados más para un desfile de moda que para acabar hervidos. 
    Pero todo este espectáculo de colorido no es casualidad. Nos han acostumbrado tanto a valorar en todo la estética superflua como primer elemento de atracción, que ahora incluso lo que nos alimenta ha de entrar por la vista como lindo, prescindiendo de sus cualidades nutricionales. No es aleatorio que una rama de tomates tenga 7, que pesen 1 kilo y que coloreen a un tiempo.
    Aquí llegamos a un tema preocupante en la alimentación: la ingeniería genética vegetal y sus transgénicos. Se ha impuesto un modelo de agricultura que es la antítesis de lo sostenible y lo saludable. Y tires por dónde tires de este hilo llegamos al ovillo de Monsanto. Es esa gran compañía que en su día fabricó unas semillas transgénicas que patentó, y por lo tanto, como propiedad intelectual, se quedaba con los derechos exclusivos de uso de algunas variedades concretas. Por supuesto patentó también los herbicidas necesarios para cultivarlas. El negocio es redondo y crea una gran dependencia económica, pues los agricultores se ven obligados a comprarles todo el lote si quieren producir.
    Con la seducción de una mayor productividad en un menor tiempo, se desvió el sistema agrícola hacia grandes extensiones de monocultivo. Esto comporta una explotación  de la tierra que la va dejando más débil en un futuro; un consumo más elevado de herbicidas específicos (y patentados por ellos mismos) indispensables para que los cultivos crezcan bien, pero que contribuyen a una mayor contaminación, y un desequilibrio en el cultivo de productos variados que hasta ahora eran los necesarios para el consumo, pues con grandes extensiones de maíz o soja no es suficiente para alimentar a la población. Las variedades que antes se cultivaban en una zona ahora hay que comprarlas afuera, lo que compromete la soberanía alimentaria de los pueblos. Ahora muchos países no pueden decidir qué y cómo cultivar para sustentarse alimentariamente, ya no dependen de ellos, de sus tierras y de su trabajo para comer, sino que dependerán de los intereses que Monsanto y gobiernos pacten. Seguramente Varoufakis, ese buen economista griego, diría que es la diferencia entre una economía con mercado y una economía de mercado.

    Parece ser que 3 empresas controlan el 60% de semillas y el 70% de pesticidas y productos químicos para el cultivo, más casi todas las patentes de los transgénicos. Después de haberse extendido su uso por todo el mundo, poco a poco y tras analizar resultados y riesgos, algunos gobiernos han ido prohibiéndolo. En Europa por ejemplo se frenó drásticamente su uso hace unos años, pero sí te diré que España cultiva el 90% de los transgénicos europeos. Creo que estos últimos gobiernos no acabaron de tener claro que ser el primero de un ranquing no siempre es lo mejor.
    Por si fuera poco, las semillas transgénicas no se reproducen, porque son híbridas (o suicidas como alguien les llamó), lo que obliga al agricultor a comprarlas a Monsanto cada año. En los cultivos tradicionales, si guardas la simiente del fruto maduro, lo podrás ir plantando año tras año, y te volverá a dar más frutos y más semillas que te permitirán seguir el ciclo vital aplicándose ellas mismas la ley de selección natural. Pero éstas por lo visto quedan fuera de este juego comercial. 
    No olvidemos tampoco algún detalle, como que Monsanto fue la creadora del agente naranja. Este letal producto fue uno de los herbicidas que Estados Unidos utilizó en la guerra del Vietnam como parte de su programa de guerra química. Roció con aviones millones de litros, arrasando los bosques y campos de cultivo vietnamitas.
    El objetivo era acabar con extensas zonas forestales que dieran cobijo a la guerrilla; liquidar tierras agrícolas obligando a los campesinos a abandonarlas al no poderse ganar la vida allí, y emigrar a las ciudades (que EEUU dominaba); y de paso posibilitar proyectos de urbanización ventajosos en estos terrenos. El agente naranja afectó a 3 millones de personas, causando o bien la muerte directa; malformaciones y discapacidades severas, o enfermedades graves e incurables, y por lo tanto, mortales. Prueba irrefutable de que los humanos somos capaces de pervertir hasta lo impredecible cualquier cosa.
    Y ahora amiga mía, llega la cuadratura del círculo: Monsanto ha sido comprada por Bayer. Sí, la de las aspirinas y el equipo de fútbol, esa misma. Por lo visto esta potente industria farmacéutica e investigadora incorpora un campo que hasta ahora tenían incompleto, la ciencia de los cultivos. Con esta poderosa alianza seguramente acabará desapareciendo la marca Monsanto, porque ya tenía demasiados detractores, demasiadas críticas y demasiados estudios que cuestionaban sus efectos sobre la salud humana. Pero no desaparecerá su estilo, pues ahora estará bien complementado. 

    Por ejemplo, en el tema de los antibióticos. Ese producto estrella de la investigación farmacéutica en su momento, y que tantas vidas salvaron, ahora está entrando en un terreno pantanoso. Su utilización fuera de su contexto (por ejemplo en la cría de animales y en los cultivos), está comportando una resistencia a los mismos. Es un asunto preocupante, porque enfermedades que hasta ahora tenían su curación en los antibióticos, ahora ya no es así. Los microbios que las causan están tan acostumbrados a ellos, que ahora en vez de atacarlos parece que los alimentan hasta cebarlos  como cerditos.
    También  ayuda que se han estado administrando de una forma muy alegre cuando seguramente no eran estrictamente necesarios. También en este caso se puso freno al consumo abusivo en muchos países, pero para mi disgusto, te digo que España, y a pesar de sus actuales buenos intentos, está en los primeros lugares de consumo de antibióticos entre los países con ingresos altos. De nuevo nos subimos al pódium equivocado.
    Probablemente si hubiese una prohibición internacional del uso agrícola de antibióticos y se cumplieran ajustadamente las normas de su uso clínico, se podría reducir su uso muchísimo, lo que frenaría el aumento de las resistencias. Pero conseguir que los gobiernos apliquen esas medidas es tarea difícil, puesto que va en contra de poderosos intereses económicos. Si pensamos que la industria farmacéutica vende 40.000 millones de dólares en antibióticos cada año, es fácil llegar a la conclusión que no interesa reducirlos, ¿verdad?.
    Por eso te decía que el matrimonio Bayer-Monsanto es una excelente alianza en este campo.
    Sin embargo, y a pesar de este tremendo y negro panorama alimentario-ecológico, también te tengo buenas noticias. Te cuento por ejemplo que hace poco planté tomates morunos (nunca supe el porqué de morunos, a saber quién se inspiró en tal adjetivo étnico). Es una clase propia de mi tierra natal  que mi padre, que ahora tendría 102 años ya plantaba, y su padre, y el padre de su padre…Que cada año guardamos las semillas maduras y nos darán más tomates al año siguiente. Y como yo hay muchísimas personas haciendo resiembras.

    Sé también que hay ya mucha gente potenciando el cultivo de semillas autóctonas tradicionales, y que han hecho bancos para conservarlas y difundirlas.
    Creo que estamos viendo la barbaridad en la que nos han embarcado estas multinacionales de la química, y quizás poquito a poco vayamos creando conciencia de cambio de rumbo. Veo cómo se le empieza a dar valor a lo que comemos, y cómo nos fijamos en cómo se cultivó.
    Te cuento también que me paseo por las huertas de mi pueblo, que son muchas, y están repletas de plantas de lo más variado, llenas de verduras y hortalizas de toda clase. Unas más grandes, otras más chicas; unas más tersas otras más arrugadas; unas más claritas, otras más oscuras; porque no hay mata natural que dé un fruto igual a otro.
    Esto sí es un espectáculo de colores, tanto de las huertas como de las gentes que las cultivan. Y éstos sí que son colores de verdad. Los colores que deberían llegar a las despensas y calmar el hambre del mundo.
    Te mando un enorme abrazo, mi amiga.

    Vicentita 

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