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    Salt, 5 de noviembre de 2109

    CUCURUCHOS Y PALITROQUES

    Mi amiga,

    No sé por dónde empezar. Hace tanto tiempo que no te cuento, y han pasado tantas cosas en este tiempo, que ahora se me complica la tarea de ordenarlas. Parece que todas quieren salir a la vez al asalto, pero procuraré apaciguarlas.
    Tengo la sensación de haber sufrido un vendaval de emociones, de todo tipo e intensidad, que te dejan el alma en los huesos. Para empezar, hace unos meses en Granada viví momentos con esas pocas personas que son capaces de remover tus recuerdos, tu niñez, tu presente, tus sentires, tu vida entera. Los tenía allí juntos, y fueron momentos en que se zarandea todo tu ser, te vacías de golpe con y por ellos. Es una sensación de tsunami emocional imprevista, tan intensa como gratificantemente agotadora. Paralelamente iba perdiendo también gente muy próxima y muy querida, amigos a quienes no correspondía aún el billete sin retorno, pero que no pudieron ganar la batalla para no subir a ese tren. Alguno de ellos no pudo ni preparar las maletas; sin embargo, con alguna otra pudimos preparar juntas el equipaje para su viaje último. Es una tarea durísima pero finalmente imprescindible. Espero haber podido colocarle todo lo necesario con el amor que se mereció.
    Acabas de regresar a tu Habana querida tras unos días con nosotros. Nos hemos podido abrazar a gusto, hablar, pensar, preocuparnos y reír infinitamente. Ha sido una de esas inyecciones de vida que la amistad administra, directas en vena. Pero claro, ahora se me acumulan y se me atropellan las cosas que contarte. Cuando paré mis misivas acababa de pasar Semana Santa, y quería explicarte qué cosa es eso aquí. Ahora me parece casi en el infinito del pasado, porque este espacio de tiempo sin escribirte se ha ido llenando de todo tipo de sucesos. He pensado que hoy te contaré los dos cabos de la madeja, dónde lo dejé y dónde estamos ahora, y más adelante te iré contando qué fue pasando por en medio, y al menos intentar no perder el hilo de nuestras vidas.
    Cuando inicié una carta inacabada era Semana Santa. Te intentaba contar qué cosa es, ya que es posible que el enunciado confunda. Lo de semana es cierto, lo de santa queda en el origen religioso y en las manifestaciones populares del mismo, creo que bastante alejadas del sentir de mucha gente. Intento hacerte un resumen de cómo se vivía en mi pueblo castellano natal.

    El jueves de esa semana, jueves santo, finaliza la Cuaresma, un período iniciado el miércoles de ceniza 40 días antes. La Iglesia Católica dicta este espacio de tiempo como preparación espiritual a la muerte y resurrección de Cristo, mediante el ayuno, la oración y la práctica de la caridad fraterna. Te lo suelto así, sin anestesia ni nada porque si piensas en qué es el origen del tema, y piensas en lo que de verdad hacemos y sentimos, se te quedan las neuronas con las patitas para arriba incapaces de conectar entre sí. Aunque en la posguerra las estrictas normas religiosas se fueron suavizando algo, yo no me libré de pequeña de los relevos de rezos y velatorios al santo, ni de la abstinencia de carne todos los viernes de cuaresma. A mi madre no le pasaba por alto ni el bocadillo para ir a la escuela, que cada viernes era de pan con aceite y en el mejor de los casos, caía una onza de chocolate, pero el jamón colgado en la despensa y los choricitos de la orza, esos días ni olerlos.
    También te diré que las mujeres, siempre capaces de darle la vuelta al mundo, supieron suplir estas restricciones con un abanico culinario exento de carne imaginativo y exquisito. En realidad yo tenía ganas de  que llegaran esos días para degustar todos esos platos, y sobre todo esos postres, que mi madre sólo haría en estas fechas.
    Llegamos a las procesiones, punto estrella de la Semana Santa. En mi pueblo había cada día, mejor dicho cada noche recorriendo las calles, dedicando un día a cada cofradía, unas asociaciones de creyentes en torno a una advocación de cristo o virgen, algún santo o reliquia. Elementos esenciales en la procesión:
    – Nazarenos. Son los miembros de las cofradías que en la procesión salen desfilando ataviados con una túnica hasta los pies, frecuentemente ceñida a la cintura con un cordón. Como el modelo es único y unisex, el cordón es el que delata las dimensiones internas del individuo/a, dejando las barrigas más arriba o más abajo, y dando más o menos vuelo al diámetro total del sayón. Llevan  una capa también larga y un capirote. Este último es un cucurucho muy alto forrado con tela puesto sobre la cabeza, con unos agujeros para los ojos (indispensables por otra parte). Remata el conjunto un cirio alto como la persona, o una vela en la mano. Hay una cofradía en la que el capirote va sin cucurucho, quedando la capucha pegada a la cabeza, vestidos de negro, y que en vez de velas llevan dos enormes palitroques en forma de cruz tamaño natural que cada cofrade va arrastrando todo el trayecto. Los hay que desfilan descalzos o no, o arrastrando cadenas, en función de la penitencia que cada uno se quiera aplicar. La impresión general del atuendo te aseguro que impacta. Como supondrás, en la gama de colores de la indumentaria no entran los chillones. A nosotros porque nos han salido los dientes entre los cucuruchos y estamos curtidos, pero verlos desfilar tantos alineados al más puro estilo del Ku-Klux-Klan, tiene su qué.

    – Los pasos. Son las piezas escultóricas que representan las escenas de pasión y muerte de Cristo. Puedes imaginarte que por artísticas que sean y bien realizadas que estén, no son la alegría de la huerta, ya que todos los pasos recrean dolor, sufrimiento y muerte. Van encima de andas o carrozas enormes, en este caso con unos faldones hasta el suelo que ocultan los intríngulis del transporte. 
    – Los costaleros. Son los hombres que se meten debajo de esos pasos, muy juntitos, para levantarlo y casi sin ver qué pasa afuera, hacerlo avanzar a paso lento, con un vaivén acompasado que parece que se mueve solo. Los capataces desde el exterior con unos palitroques y un lenguaje de golpecitos les van guiando para que el bamboleo no vuelque a la virgen, o acaben llevándola por donde no toca.
    – Bandas de cornetas y tambores. Son los conjuntos que acompañan la procesión ayudando a marcar el paso a todos, y que imprimen un ambiente musical casi militar, dado el poco margen de maniobra en acordes y armonías que dejan estos dos instrumentos. La banda municipal de música del pueblo también desfila en algunas procesiones tocando marchas fúnebres, y acabando a veces con el himno de España (que comparado con las anteriores es puro rock).
    – Las manolas. Son unas señoras vestidas de negro, de forma recatada, con mantilla y peineta negra que acompañan también la procesión. Suelen llevar una vela o un farolito en la mano, fíjate tú qué cucada. Si quieren ampliar los complementos, pueden llevar un rosario y/o un bolsito negro de pequeñas dimensiones (no sé si para guardar el rosario y el farolito cuando ya no sepan qué hacer con ellos). Proceden de las “camareras de la virgen”, las mujeres que preparaban los pasos para la salida, los bordados, las flores, etc. Durante mucho tiempo la mujer no tenía cabida entre los nazarenos, ni costaleros, ni bandas. Le quedaba asignado el papel de “camarera” aunque fuese de la virgen y diese estatus, pero como siempre en la trastienda del mundo. Desde hace unas décadas se incorporó al desfile como manola, y más adelante ya se aceptaron en los demás roles.

    – Autoridades. Tras todos los elementos puramente religiosos de la procesión se sitúan los sacerdotes, las autoridades del pueblo, la Guardia Civil, y a continuación todos los ciudadanos y/o penitentes que la quieran seguir. Esta secuencia deja patente el orden social establecido y la fusión de poderes que existía, aunque creo que hablar en pasado es una sublime sandez dado que el presente nos demuestra la prolongación de estas alianzas. Todo este cuadro es el que tengo en mi memoria de juventud, y me consta que actualmente no es muy diferente, aunque para gran parte de la población la Semana Santa equivale a unos días de fiesta para viajes o asueto. Aún así, las procesiones, expresión íntegramente religiosa, se han mantenido en todo el país como una muestra cultural, haciendo de algunas de ellas un masivo acontecimiento turístico.
    También te digo que aquí en Cataluña varía algo el decorado, y suelen haber más romanos desfilando. Esos personajes contemporáneos en la historia llenan muchas de las procesiones de aquí, dando un toque de color y acción. Algunos van a caballo, y todos los que van a pie también llevan unos palitroques con los que golpean acompasadamente el suelo, al unísono, produciendo un ritmo que acompaña su banda de flautines. Van ataviados cual tropas de Julio César, con sus falditas y sandalias, escudos, cascos y armaduras doradas y brillantes. Este equipo también delata dimensiones, no creas, porque las corazas rígidas de latón deben adquirir el volumen del propietario para evitar asfixias innecesarias, y las minifaldas de tiras van en concordancia al perímetro abdominal, observando toda la gama posible de muslos y pantorrillas masculinas al santo fresco primaveral. Digo masculinas porque por ejemplo, aquí en Girona, que existen desde 1751,  hasta el año pasado no se permitió desfilar alguna mujer. Supongo que les debía estar reservado el papel de sacar brillo a tanto escudo y armadura.

    Ya ves amiga mía, aquí cuando dices Semana Santa, dices vacaciones y dices procesiones. Yo me pregunto si en un país laico la envergadura de estas manifestaciones religiosas se corresponde. Tú ahora piensa en estas comitivas, para mí tan anacrónicas en el tiempo, y seguro que entenderás lo de las patitas revueltas de las neuronas que te decía.
    Te decía al principio que hoy te contaría los dos extremos en el tiempo de este silencio, que empezó en Semana Santa y llega hasta hoy. El hoy es duro y preocupante, amiga mía. Es duro porque seguimos con  las mismas incomprensiones, los mismos problemas y las mismas incapacidades políticas para resolverlos. Ya conoces el panorama que tenemos por aquí. Los presos políticos y líderes de movimientos sociales siguen exiliados o en prisión, y seguirán más de diez años tras la sentencia de un juicio que fue un atropello a la inteligencia y a la dignidad humana. Esta sentencia provocó la ira contenida en la población durante estos dos años de cárcel preventiva de sus líderes. Se organizaron todo tipo de protestas pacíficas, con participación multitudinaria. Y volvieron los refuerzos policiales del estado con sus palitroques de pegar, volvieron los golpes, volvieron los ojos reventados por las pelotas de goma. Es cierto que también hubo algunos disturbios callejeros (para mí reprobables y contraproducentes, que solo incrementaban la violencia policial) por parte de unas minorías de jóvenes, que supongo que han dejado de creer que los movimientos de paz lleven a ningún sitio. Esta imagen es la que interesó explotarse mediáticamente, haciendo creer que Barcelona era Sarajevo y justificar una contundencia policial injustificable. Eran una minoría, y pienso que se acabaron frenando por la actitud pacífica convencida de la gran mayoría. Otro objeto de estudio sería el concepto violencia, porque parece que solo es aplicable a las barricadas y los contenedores ardiendo (que lo es), pero la policial y la judicial o mediática, agresivas como la que más, parecen no encontrar sitio en la definición.

    Cuando te hablo de esta mayoría digo muchísima gente. En unas marchas que recorrieron las cuatro provincias catalanas para acabar juntos en Barcelona caminamos más de medio millón de personas, de todo tipo de procedencias, edades, clases sociales e ideologías. Se llamó el Tsunami democrático, y te aseguro que lo parecía. Porque el pueblo, que suele ser más valiente y sensato que los políticos, se organiza y reivindica lo que cree que es justo. La pena es que ellos, los políticos, tienen el cuajo de no respetar estas masivas decisiones. Y así seguimos, convocando elecciones porque no son capaces de formar un gobierno con los resultados obtenidos en las anteriores, negando la evidencia de la voluntad popular, aplicando la represión para callar ideales,… así seguimos, mi amiga.
    Nuestros jóvenes no lo entienden. Ellos tienen prisa para todo, como seña innata e inconfundible de juventud, prisa también para ver realizados sus sueños. No lo entienden porque parten con una memoria limpia de dictadura y de estado represor, y porque nosotros, sus padres que sí que tenemos memoria de todo ello, a veces pienso que somos corresponsables de su frustración y desconcierto. Hemos sido tan ingenuos de educarlos como ciudadanos de un país libre y democrático, pensando que ese estado gris oscuro que nos tocó a nosotros ya lo habíamos liquidado. Y no, no hemos “pasado pantalla”, cada vez queda más claro y patente dónde quedan (o mejor dicho, dónde no quedan) nuestros derechos y libertades. Por tanto, tenemos también la obligación de acompañarles en el desengaño, en la rabia, en la lucha, en la calma y en las esperanzas. Ahí vamos pues, impulsándonos mutuamente hacia un futuro común en el que las memorias manchadas hoy nos sirvan para dejar limpias las que llegarán.

    Ya ves Habanera, tantos años que han pasado, pensando que vivía en un país nuevo y justo, y del fondo sólo siguen saliendo cucuruchos y palitroques. Pero también estoy segura que aprenderemos a ir con la cara descubierta, y volviendo a usar los palos para construir futuro.

    Como siempre, un inmenso abrazo, las ganas de saber de ti y la promesa de seguir contándote cosas.
    Vicentita

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