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  • Seguramente pocas cosas crean hoy día tanto consenso como ese término que hemos dado en llamar cambio climático. Si excluimos a Trump y algunos de sus correligionarios ideológicos  (a quienes parece traer al pairo el tema, o en el mejor de los casos, optan por la negación como el mejor de los remedios), estamos de acuerdo en que el clima está cambiando, y con él nuestra vida. Se modifican las temperaturas, las estaciones, las lluvias y las sequías, las enfermedades, la fauna, los cultivos,….en fin, esas “cuatro cosillas sin importancia” para la supervivencia de la especie.
    Si nos centramos en el tema tierra-sustento, en cómo está el medio que nos ha de alimentar, el panorama no es muy halagüeño. Se siguen manteniendo los eternos desequilibrios alimentarios entre países, agravados por los trastornos climáticos y los envites meteorológicos cada vez más frecuentes y violentos. Añadimos las modas alimentarias que la globalización y el mercantilismo nos hacen ver como imprescindibles, transportando ciruelas, uvas, calabazas, espárragos y semillas varias constantemente de un continente a otro, para poder comer en un lado del mundo en una estación, lo que la tierra le dará en la estación próxima al lado de casa. Vale más no contar el combustible-contaminación empleado en ese transporte; el empaquetado-plastificado necesario para que llegue decente; a cuánto se pagará en origen si queremos un precio final asequible después de tantas manos en el proceso,….Sí, vale más no pensarlo si nos queremos comer unas uvas chilenas o una calabaza de Perú sin que se nos haya cortado la digestión antes de empezar a hacerla.

    Y es que el tema del campo debería preocuparnos más de lo que lo hace. Olvidamos que dependemos de él y de la gente que lo cultiva si queremos seguir existiendo. Hace poco asistimos a la revuelta de los tractores en varios puntos del estado español.  (No entro en la oportunidad, pues parece que ha sido el reciente gobierno de coalición progresista el causante de todos los males de nuestro agro. No entro tampoco en el perfil de algunos de los protestantes, aunque de campesinos parecían tener poco. No entro en el enigma de si tienen identificado al verdadero adversario). En todo caso fue una protesta de los agricultores para dejar patente el pésimo panorama agrario: los privilegios de subvenciones europeas a grandes latifundios (aunque sean improductivos); la dificultad de competir entre pequeños y grandes productores; la desigualdad entre los precios de origen y los del consumidor provocado por las grandes compañías agrarias y la cadena de distribución, son los principales puntos flacos de este mal sistema. 
    En esta revuelta los agricultores y ganaderos exigían al gobierno más ayudas para el campo. Es lícito y seguramente necesario. Pero si no se puede (o no se quiere) incidir en la impunidad de actuación de las grandes empresas agrarias, serán ayudas siempre insuficientes. Esas pocas pero poderosas compañías marcan los dos extremos del proceso: desde el inicio con el precio de semillas, insecticidas y fertilizantes necesarios, hasta el final en el precio que se pagará por cada kilo de producto. Queda claro que los dos extremos de este proceso están tan desajustados que en medio queda todo el tiempo y trabajo de los agricultores para la producción, con resultados paupérrimos para ellos. Cada vez se necesita mucha más tierra cultivada para acabar ganando menos dinero.

    Es un debate político sobre el sistema alimentario que queremos, donde la calidad, la diversidad y la eficiencia de cultivos sea la base. Y quizás sea el trabajo cooperativo una de las herramientas con las que combatir el expolio de latifundios, grandes compañías y leyes de mercado perversas. Sistema cooperativo para producir, para vender y para comprar. Si bien los dos primeros son más conocidos y practicados, el tercero está menos extendido y sería igual de importante. Comprar de forma colectiva a través de las cooperativas o grupos de consumo es potenciable. Algunos que conozco, y en concreto el que formo parte, parten de tres criterios al comprar: producto ecológico, de proximidad y condiciones laborales dignas en origen. Resulta que no es tan difícil, y se descubren grandes cosas: las familias que deciden juntarse para comprar juntas adoptan un papel activo en el consumo, decidiendo cómo quieren hacerlo y bajo qué criterios. Los pequeños productores tienen la posibilidad de vender sus productos cerca de su casa directamente, con la consiguiente disminución de transporte y un precio justo que recibe íntegramente sin intermediarios. Volvemos a recuperar los productos de temporada como base de nuestra dieta, recordando que la tierra tiene ciclos y debemos respetarlos. Los grupos de consumo funcionan porque todos sus miembros participan en ello, es un trabajo colectivo donde todos somos necesarios y responsables, un “modus operandi” tan positivo que no está mal recordar y practicar en este mundo de individualidades y competencias constantes a que estamos sometidos. Igual, cuando alguien convenza a Trump &Cia de que el tiempo está cambiando, cuando vengan las lluvias sólo tendremos campos baldíos sin trigo que regar.

    Nos dice el diccionario que cooperar es obrar, colaborar con otro u otros para un mismo fin. Pues probablemente producir, comprar y vender de forma cooperativa sea el sistema más indicado para intentar frenar estos bárbaros desequilibrios. Los grandes cambios siempre empiezan por los pequeños y múltiples, y estos, como individuos consumidores sí que están en nuestras manos. Juntos, siempre será mejor.

    Pilar Parra

    La Guerrilla Comunicacional

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