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  • Realmente vivimos tiempos extraños. Tiempos que la mayoría de nosotros hubiésemos imaginado vivir, con momentos que parecen sacados de las mejores películas (de todos los géneros, desde las de terror a las de ciencia-ficción, pasando por las cómicas). Cada día, levantarse, ir a trabajar (si se puede), escuchar-ver-leer las noticias,… se ha convertido en un deporte de aventura, por no decir de riesgo. De riesgo sobre todo para la salud mental.

    Estos tiempos raros y nuevos llegan llenos de desconcierto, de contrariedades y en muchas ocasiones de desesperanza. Gestionarlos no es cosa fácil para nadie, y seguramente menos para los gobernantes, que además de administrar sus propios miedos han de procurar ofrecer situaciones que mitiguen los de la población. Pero ello no es motivo para obsequiarnos con momentos en los que la inteligencia y la dignidad personal y colectiva se ven seriamente afectadas.

    Acaso sea la ingenuidad la que me lleva a preguntarme cosas, algunas chocantes y otras que parece ser que no les damos importancia, quizás porque, desgraciadamente, ya hemos aprendido a normalizar casi todo. Como ejemplos de dudas se me ocurren:

    Tenemos un rey emérito (según el diccionario, “emérito”: Persona que se ha retirado de un empleo o cargo y continúa ejerciendo o disfruta algún premio o compensación como reconocimiento por sus méritos) demostrado mujeriego, acusado de fraude multimillonario en beneficio personal, por lo que todos los millones de euros que se quedó él no han ido a parar a los ciudadanos ¿Cómo puede ser que los representantes del pueblo en el congreso ni siquiera se pongan de acuerdo para pedir investigarlo? Y lo que es peor, cuando un rey, como jefe de estado, parecería ser ejemplo de comportamiento ¿cómo puede ser que ante tal atropello despilfarrador aún queden tantos habitantes de este país monárquicos?

    En los días que vivimos, en los que “por la lucha contra la pandemia” han conseguido filtrarnos el miedo y la responsabilidad a gran parte de nosotros en forma de mascarillas perpetuas, no ver a familia ni amigos si somos más de 6, no salir del pueblo donde vives, ni de tu casa por la noche, no ir al bar ni al restaurante porque los cerraron,….¿cómo se organiza una cena-fiesta con 150 personas, en sus mesitas redondas tan cucas, si de distancia y recogimiento va la cosa? Una cena organizada por personas ultraconservadoras, envenenadoras mediáticas y sublimes representantes del capitalismo más feroz. Una cena suntuosa, que mientras transcurría entre derroche y pompa, afuera se seguían deshauciando familias a quienes la precariedad les ganó la partida. En mi pueblo siguen muchas personas rellenando garrafas de agua en las fuentes públicas porque ya no les llega a sus casas; las colas para pedir alimentos se alargan cada día porque las medidas antipandemia (que dictan los que están sentados cenando dentro) han transformado muchas precariedades en miseria; miles de trabajadoras ya no lo son, han perdido sus trabajos y no llegan nunca las ayudas prometidas… Ahí está esa cena a la que asisten la flor y nata de las cúpulas dirigentes del país, incluyendo entre otros muchos al ministro de sanidad. Sí, ese mismo que acababa de salir en la tele dándonos todas las instrucciones anteriores, apelando a la sensatez y a la colaboración ciudadanas. Igual es porque en estas altas esferas, cuando organiza lo más reaccionario y rancio del país y asisten a dar beneplácito con su presencia quienes se autodefinen progresistas y de izquierdas, en realidad es donde decide el capital, y a ése no hay virus que le desgaste.

    Y seguimos con las dichosas medidas (aunque aceptadas y aplicadas como buenos y juiciosos conciudadanos). Llevamos obligatoriamente mascarilla, tenemos ya la cara con granos perennes; las barbillas que les salen hasta pelos a las señoras; una visión borrosa constante por las gafas empañadas que ya nos hace pensar que vivimos en Londres, siempre con niebla; las orejas transformándonos en elfos dependiendo de la goma que nos toque,….pero no pasa nada, todo sea por la causa. ¿Y cómo puede ser que el presidente del gobierno, que acababa de salir también en la tele a recordárnoslo, con su boca reglamentariamente tapada, se vaya con su señora a ver al Papa de Roma y se reciban mutuamente con el morro al aire, sin mascarillas ni distancias? Aparte de la envidia del momento, porque ya ni nos acordamos cómo es hablar con otro sin que te rebote la voz, me preguntaba si el Papa tiene algún trato divino (o aéreo) de no-agresión con el virus. De lo contrario, hay que tener cuajo como presidente para volver a la tele al cabo de unas horas a seguir pidiéndonos mascarillas y distancias.

    Otro de nuestros representantes televisivos, el sanitario Dr. Fernando Simón, también nos ofrece momentos estelares y alguna duda. Un personaje desconocido hasta ahora por la mayoría de nosotros, y que ya lo hemos incorporado a nuestras vidas como un referente más para nuestras conductas. Comedido, moderado y atento nos ilustra constantemente sobre el panorama pandémico, conminándonos a la prudencia y buenas praxis. Y en una entrevista, a la pregunta de “a quién tiene más miedo, si a las enfermedades o a las enfermeras infecciosas”, se revela como un auténtico fracaso como hombre, como médico y como cargo público. Lo tuvo en bandeja para dejar en evidencia a los entrevistadores, a quienes personalmente creo que habría que recordarles algunas cosillas sobre el humor y los juegos de palabras, y aprovechando que son jóvenes, aún tienen tiempo de aprender a ser personas dignas. Pero no, el doctor Simón cayó en la trampa fácil y entró en el juego machista, obsceno y jocoso sin despeinarse. ¿Con qué cara miro yo (mujer y enfermera orgullosa de mi oficio y de mi género) a este individuo al día siguiente en la tele repartiendo sensatez y consejos a partes iguales?

    Solo son unos cuantos momentos recogidos al vuelo, porque son muchos, muchísimos los que van apareciendo cada día en este país.

    Nos piden que colaboremos hasta el infinito y más allá en cualquiera de las decisiones tomadas por los políticos y técnicos varios, a menudo confusas y a veces contradictorias. El desconcierto que originan en ocasiones deja paso al bochorno, porque “lo que dicen” y “lo que hacen” no solo no concuerda, sino que están en las antípodas de la coherencia. La hipocresía y el doblez repetido no ayudan a conseguir confianza. Y es que siempre nos han dicho que “la mujer del César no solo deber ser honrada, sino también parecerlo”

    Quizás deberíamos reflexionar más cuando conocemos detalles como todos los anteriores, husmear un poco entre las posibles razones que los acompañan. Igual descubrimos despropósitos encubiertos, que con un poco de suerte van haciendo que reconsideremos cómo pensamos, cómo actuamos, de qué nos reímos, a quién votamos,…. Nosotros seguiremos colaborando como individuos y como sociedad en todo aquello que se nos solicita, aun sabiendo el alto coste que conlleva en ocasiones, pero por responsabilidad colectiva. Y con la tranquilidad de sentirnos una buena esposa del César.

    Pilar Parra

    La Guerrilla Comunicacional

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