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  • Verano. Lo bueno que tiene, entre otras muchas cosas, es que a veces podemos hacer unos días de asueto. Yo este año estoy recorriendo diferentes espacios naturales de nuestra geografía, a modo de desconexión y recarga de energía para la vuelta laboral.

    Ha sido una ruta extensa, pasando por varias comunidades autónomas, pudiendo ver, intuir y constatar las diferencias entre ellas y la riqueza que supone la suma de todas. Diferencias en el vestir, en el comer, en cómo divertirse, en los campos, en los mercados, en el color del cielo,…todas son diferentes y todas tienen su aquel.

    Hay un detalle que me ha ido llamando la atención desde que empecé el periplo: las banderas. Sí, seguramente es un detalle nimio, pero me resulta curioso. Partimos de Catalunya, donde más o menos ya estamos acostumbrados  a ver banderas en balcones, esteladas o españolas dependiendo de la posición que quiera dejar clara quien habita en la casa. Bajando por la costa del País Valencià, los balcones que decidían tender alguna, era la española. (Seguramente los espacios turísticos son los más dados a ello)

    Pasamos la comunidad de Murcia, con igual colorido.

    Seguimos por Andalucía oriental, y la tónica era la misma. Bueno, esa y la ladera de una montaña entera almeriense  ocupada por el anuncio de los legionarios: “legionarios a luchar, legionarios a morir”. Parece ser que bandera y montaña se complementaban bien y sin disidencias.

    Continuamos por Castilla La Mancha y Castilla León, con similar ornamentación. Cuando en algún balcón había una bandera, era la española. Comunidades que al visitante nos ofrece  como puntos fuertes históricos el “recio abolengo”, las conquistas, los palacios y escudos que la nobleza perpetuó,  las victorias que reyes y/o obispos varios dejaron como legado en forma de castillos e iglesias,  que habitualmente iban superponiendo sobre los anteriores, intentando así desbaratar y a poder ser anular el rastro de sus predecesores. El último que llegaba era el mejor y el que tenía la verdad y la razón. En fin, que si me abstraigo del concepto puramente artístico de tales monumentos (que lo tiene, y mucho), me queda la esencia de esa historia, que tampoco es muy alentadora.

    La bandera rojigualda se repetía con frecuencia en forma de pulsera, de gorras, mascarillas (mira por dónde el COVID nos ha brindado otro complemento donde lucir enseñas), collares para perros, uniformes de camareros,…

    En instituciones públicas siempre ondeaban 3 banderas: la de la comunidad, la española y la europea. La española ya queda claro porqué está. Y la europea no falta nunca en los mástiles públicos. Será porque nos creímos a pie juntillas la frase que nos dijeron hace tiempo: ya somos europeos, y al menos si tenemos la bandera parece que nos lo va recordando.  La de la comunidad la eché de menos en esos balcones adornados, en esas pulseras o mantitas para mascotas. ¿Dónde queda el sentido de pertenencia al grupo, a la comunidad, expresado por sus componentes? ¿Solamente es institucional, algo que un buen día alguien decidió que se dividirían en tales o cuales comunidades y a cada cual le tocó la que tiene?. Llego a pensar que sí, porque puestos a necesitar, no se  necesita bandera alguna que te identifique, pero ver como único signo identitario la española no me sitúa para nada en dónde estoy. En realidad no necesito que me vayan marcando que sigo dentro del estado español (si es el cometido de una bandera nacional), creo que lo notaría enseguida, dado que en este país cuando se te acaba el terreno te caes al agua.

    Quizás me hubiese situado mejor la ruta ir viendo otros estandartes, si es que verdaderamente así los sientes sus ciudadanos, ver qué diferencias tienen respecto a sus vecinos; qué sienten, qué hablan, a qué historia pertenecen. Al contrario, creo que esta bandera única se está utilizando por unos cuantos para marcar, no territorio histórico o cultural, sino ideológico.

    Siguiendo el viaje llego al valle del Baztán, en Navarra. Lo recorrí todo, y algo me llamó la atención: banderas, ni una. Lo máximo que adorna algún balcón (aparte de miles de flores) es algún cartel reivindicativo, ya sea político o medioambiental, pero sin ninguna bandera territorial. La gente en sus casas no cuelga identidades de tela. Eso sí, al llegar a cada pueblo, el cartel que te anuncia su nombre tiene una segunda línea: “aquí vivimos en euskera”. Y un segundo cartel adosado: ”contra la violencia sexista”. Y chim-púm! Con esta sencillez, pero con esta claridad, entras en el pueblo. No ves ni una bandera, no señor,  pero los niños, los padres, los abuelos, la que te sirve la gasolina, el panadero, la maestra…todos hablan y viven en euskera; su cultura y su patria. Sin ningún problema para el acogimiento y entendimiento hacia quienes no lo hablamos ni conocemos lo suyo. Seguramente porque ellos y ellas lo viven, lo han vivido siempre y lo quieren seguir viviendo así: desde el orgullo y la estima de lo propio, pero con el respeto a la diferencia.

    Aquí nadie se apropia de ninguna bandera, por lo tanto, nadie debe estar particularmente ni exhibiendo ni escondiendo su planteamiento ideológico tras el balcón decorado. Sencillamente cada uno vive, habla y se relaciona de la forma que elige y siente.

    Después de todo este recorrido, y de la atención puesta en este insignificante asunto (o no tan insignificante, según cómo se mire), me surgen un par de planteamientos:

    – la poca sensación que da en según qué comunidad autónoma de pertenencia; como algo vivo, ancestral y formador de sus ciudadanos. Quizás eso dificulte tener una sensibilidad especial para entender a quienes sí lo tenemos.

    –  el tema banderil está en mal uso. La rojigualda se ha ido conformando sibilinamente como una contraseña de españolismo derechón e intolerante. Una pena, porque todo el territorio también está lleno de buenas gentes, algunas o muchas seguro que de talante progresista,  y que ahora seguramente dudan en usarla para no ser confundidos y metidos en el mismo saco. 

    A mí el pescaíto y el ajoblanco andaluz; el pisto murciano; las migas manchegas; los torreznos sorianos; el cochifrito segoviano; los cogollos con antxoas y el pintxo de chistorra navarro,…se me ofrecen como perlas cultivadas para los sentidos. Todas y cada una de ellas son únicas, excelentes en su autenticidad, pero sobretodo en su diferencia. Lo hago extensivo a muchísimos aspectos más de cada lugar.

    En definitiva, que las banderas de países como máximo deberían servir como información geográfica, con su consecuente situación  histórica y cultural, y puestos a pedir, que identifique a sus ciudadanos con todo lo anterior. En el caso que nos ocupa, la de un estado entero ahora sirve en muchas ocasiones para la ostentación de una ideología reaccionaria, cosa que hace flaco favor al susodicho país y resto de conciudadanos que no la pueden/quieren usar por todo lo contrario.

    Como decía la canción, “banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda”…. O no.

    Pilar Parra

    La Guerrilla Comunicacional

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