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            El próximo 4 de diciembre se cumplirán cuarenta y cuatro años de aquel día histórico en el que los andaluces nos echamos a la calle reivindicando iguales cotas de autonomía que catalanes y vascos.

             Con una movilización sin precedentes queríamos sacudirnos siglos de pobreza, explotación, caciquismo, hambre, miseria, olvido, menosprecio, emigración… No queríamos seguir siendo la pandereta de España. Reivindicábamos el orgullo de nuestra Historia, nuestra cultura, nuestra identidad como pueblo…

            El Gobierno de la UCD, heredero del franquismo, había reconocido el derecho de las llamadas “comunidades históricas”, que ya habían accedido a la autonomía durante la II República, a obtenerla de nuevo mediante el artículo 151 de la nueva Constitución que se estaba elaborando. Pero a  Andalucía la relegó, una vez más, a comunidad de segunda clase, ignorando por completo que, durante la República, ya había elaborado su propio Estatuto de Autonomía que no pudo aprobarse por el golpe de Estado fascista de 1936.

              El embrión de ese Estatuto se había gestado nada menos que en 1918, en la Asamblea de Ronda donde, inspirada en la propuesta de constitución regional para Andalucía, dentro de una hipotética república federal española, se establecieron las bases para obtener la autonomía. En esa Asamblea de Ronda tuvo un papel destacado Blas Infante, considerado como el padre de la Patria Andaluza, un notario nacido en 1885 en el pueblo malagueño de Casares, quien en 1915 publicó su obra más importante: “Ideal Andaluz”, en la que explica su visión personal de la historia, la identidad y los problemas de Andalucía, realizando propuestas para solucionarlos. En la Asamblea de Ronda se aprobó la propuesta de Blas Infante para adoptar como insignias de Andalucía la bandera verdiblanca, de inspiración en Al-andalus y el escudo de Hércules. Blas Infante escribió:

           “Mi nacionalismo, antes que andaluz, es humano. Creo que, por el nacimiento, la naturaleza señala a los soldados de la vida el lugar en donde han de luchar por ella. Yo quiero trabajar por la Causa del espíritu en Andalucía porque en ella nací. Si en otra parte me encontrare, me esforzaría por esta Causa con igual fervor”.

            Su humanismo quedó marcado por las condiciones de vida de los jornaleros andaluces:

             “Yo tengo clavada en la conciencia desde la infancia la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo”.

                Un año después de la Asamblea de Ronda, el 1 de enero de 1919, Blas Infante firmó, junto con miembros de varios Centros Andaluces, el Manifiesto Andalucísta de Córdoba, que define el concepto de Andalucía como NACIONALIDAD HISTÓRICA, dentro de una España federal.

           “Sentimos llegar la hora suprema en que habrá que consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España.

             Declarémonos separatistas de este Estado que, con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la Libertad; de este Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los Pueblos extranjeros.

          Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el escudo de la solidaridad o la unidad, que dicen nacional”.

           En 1933 Blas Infante propuso que la melodía del canto religioso Santo Dios, un himno que cantaban los segadores de algunos pueblos andaluces a la salida y la puesta de sol, se convirtiera en el himno de Andalucía cambiando la letra por el texto que él mismo elaboró.

            “Andaluces, levantaos, pedid tierra y Libertad…”

            Ese mismo año se aprobó en la Asamblea de Córdoba un anteproyecto de Bases para el Estatuto de Autonomía de Andalucía con la intención de someterlo a los ayuntamientos andaluces y, posteriormente, a una nueva Asamblea que elaboraría el proyecto definitivo.

               Tras las elecciones de 1936 con la victoria del Frente Popular, el andalucismo recobró fuerzas y Blas Infante fue aclamado como presidente de honor de la futura Junta Regional de Andalucía, en la Asamblea de Sevilla celebrada en 5 de julio. Pero, días más tarde, el golpe de Estado militar dió al traste con todo. El 2 de agosto fue detenido y el día 10 fusilado sin juicio ni sentencia en el kilómetro 11 de la carretera de Sevilla a Carmona. Su cuerpo sigue en paradero desconocido junto a los cientos de miles victimas del franquismo. Fue el primer martir de la autonomía andaluza.

                 El 4 de diciembre de 1977 los andaluces nos levantamos “pidiendo tierra y libertad”, como dice nuestro himno. Esa fecha quedó marcada por la tragedia en Málaga, donde un jóven de 19 años, Manuel José García Caparrós, trabajador de la fábrica de cervezas Victoria, afiliado a Comisiones Obreras, fue victima de los disparos de la policía, convirtiéndose en otro martir de la autonomía andaluza.

               En Málaga, el ambiente previo a la manifestación no presagiaba buenos augurios. En toda Andalucía, las diferentes fuerzas políticas se habían puesto de acuerdo para que ese día la bandera andaluza ondeara en todos los edificios oficiales. Pero en Málaga, el presidente de la Diputación, el falangista Francisco Gonzalez Cabezas, se negó en rotundo. Por si fuera poco, el día de la movilización, los fascistas de la organización Fuerza Nueva se encontraban provocando a los manifestantes delante del edificio de Diputación, fuertemente custodiado por la policia antidisturbios. Algunos manifestantes respondieron a la provocación lanzándoles  naranjas. En un momento dado, un jóven manifestante trepó por la fachada de la Diputación hasta el balcón principal donde colocó una bandera andaluza.

          

       La carga policial fue inmediata, brutal y desproporcionada. Hay que explicar que casi trescientas mil personas participamos en aquella marcha. Había muchas familias con bebés en sus cochecitos y cundió el pánico. Algunos jovenes respondieron a la carga policial lanzando adoquines de unas obras que se estaban realizando en la avenida de La Alameda, por donde transcurría la manifestación.

              En medio del caos, un sargento de policía disparó con su arma reglamentaría e hirió de muerte a García Caparrós. A partir de ese momento, la indignación de los malagueños estalla y la ciudad vive tres días de guerrilla urbana, con barricadas, rotura de escaparates, mobiliario urbano destrozado, farolas derribadas y atravesadas en las calles, cargas policiales indiscriminadas, detenciones… 

             Durante 25 años, fuera de Málaga, se difundió el error de que García Caparrós fue el muchacho que escaló la fachada de Diputación para colocar la verdiblanca en el lugar que le correspondía. Los malagueños sabíamos que no era así, que había sido otro joven anónimo quien realizó la hazaña. Hasta que, con motivo de ese aniversario, me propuse descubrir la identidad del desconocido “hombre araña” y realicé un trabajo de investigación desde mi puesto de trabajo como periodista en Canal Sur Radio. Lo logré: Se llamaba Juan Manuel Trinidad Berlanga, un escayolista que tenía la misma edad que García Caparrós. Por desgracia, cuando llevé a cabo mi investigación, él había fallecido dos años antes a causa de una larga enfermedad, pero encontré a su familia. Tuve el honor de que ese trabajo fuera galardonado con uno de los premios peridosticos más prestigiosos de Andalucía: El Premio 28 de febrero al mejor programa de radio emitido en 2002, otorgado por el Consejo Asesor de Radio Televisión Española en Andalucía.

    Con la familia Trinidad Berlanga y directivos de Canal Sur Radio durante la entrega del premio 28 de febrero.

             El entierro de García Caparrós, al que asistí sublevándome abiertamente contra la orden de mi padre, quien, en un intento por protegerme, me prohibió expresamente que asistiera, fue impresionante.  No cabía ni un alma en el cementerio de San Miguel  donde se vivieron momentos de tensión, de rabia y de dolor.  No faltó  el lider de Comisiones Obreras Marcelino Camacho y nunca olvidaré  la imagen de la madre del muchacho, rota de dolor y desmayada.

           La familia de García Caparrós vivía en el mismo barrio que yo y, aunque no nos conocíamos previamente, muchas veces, después de aquel crimen, me encontré a la madre comprando en la misma tienda, envuelta en un alo de tristeza que la acompañaría hasta el día de su muerte, cuatro años más tarde.  

            El crimen de García Caparrós, como tantos otros de la larga noche del franquismo, ha quedado impune. Pero sus hermanas no han dejado de luchar a lo largo de todos estos años pidiendo justicia y reparación. Ahora, con la modificación de la ley de memoria democrática, que permitirá investigar los crímenes del franquismo hasta 1982, tal vez , sólo tal vez, las hermanas García Caparrós puedan cerrar la herida.

    Fdo. Ketty Castillo

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