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    Ya la tenemos aquí. La Navidad, ya llega. Bueno, parece que está llegando desde cuando aún íbamos en chanclas y nos bañábamos en el mar. Nos la están anunciando con más o menos disimulo desde hace muchos días. Creo que la virgen María por esas fechas aún no se le notaba ni la barriga embarazada, pero lo cierto es que cada año se anuncia antes aunque siempre llegue en la misma fecha. Eso parece ser que de momento es inamovible: la fecha del parto no varía; y para los no religiosos, el abuelo afable gordito con gafas que llega con renos y trineo para entrar por la chimenea, tampoco varía su fecha de viaje y entrega.

    Pero por si algún despistado/a no estuvo al tanto en su momento, los ayuntamientos se encargan de recordarnos con la iluminación especial navideña que ya llega. Un mes antes, eso sí, pero las ciudades se visten de luz y color para que estemos al caso.

    Así, ciudades como Barcelona invierten más de 2 millones, o Madrid 3.5 millones de euros en luces durante estos días. Y qué decir de Vigo, con su casi millón de euros para una ciudad de algo menos de 300.000 habitantes, pero que es una seria competidora de Las Vegas o Dubai en cuanto a resplandor se refiere, (pero con pulpo y percebes, que siempre es de agradecer).

    Parece ser que el objetivo final del dispendio es colaborar a “salvar la Navidad”, que traducido a la práctica humana quiere decir básicamente comprar, consumir productos extras de todo tipo estos días.

    Por si  el tema lumínico no fuese suficiente para animarnos a seguir este camino, instalamos en nuestros calendarios el “black Friday”, que hasta donde yo sé y mi tarzánico inglés me deja, se trata de un día, el viernes (lo del negro ya lo dejo fuera de consideración, así como el origen del evento). Como parece ser que un triste viernes no daba de sí lo suficiente, el friday ya es “black week”, y apunta maneras la cosa que siga prosperando hacia el “black month”, el “black year”, y si no somos capaces de gestionar este bucle consumista, la “black life”. Una negra vida comandada por quienes organizan qué debemos comprar, cuando, dónde y para quién.

    Entiendo que la frase de “salvar la Navidad”, en el fondo encierre poder ayudar a muchas familias que directa o indirectamente viven de lo que consumimos extra estos días. Entiendo también que puede ser un buen momento de encuentros, reencuentros, detalles y ágapes especiales, claro que sí. El almanaque nos brinda estas oportunidades de hacer y tener momentos especiales y es fantástico poder disfrutarlos. ¡Faltaría más!

    Pero de eso a incentivar las compras compulsivas y/o excesivas, con mensajes subliminares (o descarados) de gastarte lo que tienes y lo que no tienes en “estos días tan llenos de amor”, apelando siempre a lo sensible que nos une y nos toca el alma, me parece un perverso desvarío.

    Paralelamente a este escenario, seguimos con miles de familias viviendo en la más dura pobreza energética. En viviendas precarias (entendiendo como vivienda piso, garaje, local o nave okupada, chabolas de plástico y cartón, …) donde cocinar o calentarse se convierte a menudo en una quimera. Sin ir más lejos, esta semana han muerto 4 personas de una familia en un fuego (dos eran niños muy pequeños) por esta causa. No sabemos qué deben pensar estas personas cuando ven tanta iluminación urbana, cuando es posible que la única luz que entre por sus ventana sea la de las guirnaldas navideñas, eso sí, siempre y cuando éstas lleguen hasta su barrio, hasta su calle, y sabiendo que el resplandor se les acabará el 6 de enero. No, no sabemos lo que piensan, pero quizás sea mejor así para nuestra conciencia.

    No sé si los millones de euros destinados a los menesteres luminotécnicos (entre otros) podrían ayudar socialmente de otra forma, creo que sí, pero de paso ayudaría a evitar esta imagen indecente que se produce. Seguramente sin todo este despliegue de luz y color, y de propaganda abrumadora y agresiva, también seríamos capaces de saber cuándo es Navidad, como nos vamos a reunir y qué vamos a comer, qué regalo queremos hacer a las personas estimadas, cuanto nos vamos a gastar en hacer cosas diferentes durante estos días,…en fin, que “salvaríamos la Navidad” a nuestra manera. Quizás podemos decidir qué tipo de consumo queremos practicar, más cercano, o más crítico, o más sostenible. En cualquier caso, podemos no caer en esa “black life” que tanto se esfuerzan por imponernos.

    Tampoco ayuda mucho a entender el tema las últimas facturas de las compañías eléctricas, que no han colaborado precisamente a frenar la inflación (igual una menor inflación también cooperaria a salvar la Navidad,¿no?), amén de trastocar horarios y ritmos circadianos del personal planchando y cociendo garbanzos a media noche si se quería ajustar el gasto. Y ahora paseando por las calles y plazas, parece un homenaje a estas empresas. No, definitivamente no ayuda.

    El consumo “per se” al final nos consume, no solo el bolsillo, sino sobre todo y por desgracia, la mirada más ética y solidaria hacia nosotros mismos como sociedad.

    Una servidora con menos guirnaldas también vive la Navidad en todo su esplendor. Igual solo es cuestión de entrenarnos…

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    Pilar Parra